Cambios microscópicos ... logran cambios macroscópicos.

Francesco


Cambios microscópicos colocados en lugares estratégicos logran cambios macroscópicos.

Un grano de arena en la playa no destaca, pero si ese grano se traslada al ojo entonces sí sientes su importancia.
Todas las personas creen que para cambiar deben romper con todos sus paradigmas. Sin embargo, sólo con cambiar uno, y hasta pequeño, el resto de los paradigmas empiezan a sentir que no están sobre una base segura y se empiezan a mover. Y luego, como los dientes de leche, los paradigmas, una vez que se empiezan a mover, se caen solos.

Mientras tanto, en el Cielo…

Los Maestros de los planos superiores observaban a Agustín, muy sorprendidos.

Ellos ignoraban los cambios efectuados en su niñez por los Maestros del Destino y del Tiempo, quienes habían guardado muy celosamente el secreto de haberle borrado la memoria de la Ley del Olvido.

El Maestro de los Miedos y el Ángel Cupido miraban con interés, y a ellos se les acercó Pancho, el Ángel que había tenido Francesco en su vida anterior.

—¿Qué miran? —preguntó.

—Estamos muy intrigados, sabemos que el Alma de Francesco está hoy en la Tierra en el cuerpo de Agustín, pero él no puede recordar absolutamente nada de lo que le hemos enseñado aquí, y nos preguntamos, ¿cómo puede ser que no recuerde tantas enseñanzas que recibió? Y además, ¿no pasó por la Ley del Olvido? ¿Que será lo que está sucediendo con él?

El Maestro de los Miedos dijo:

—Es la primera vez que mandamos a alguien con recuerdos absolutos de cuando estuvo aprendiendo lecciones en el Paraíso, y él no parece recordar nada. No sabemos qué habrá estado aprendiendo en estos últimos tiempos.

—Quizás hay acciones importantes que no vimos, y por eso no entendemos. No te olvides que estuvimos muy ocupados asistiendo a otros espíritus.

—Se está portando muy raro, y eso que sólo pude flecharlo una vez —dijo el Ángel del amor Cupido.

— Ah ¡Lo flechaste! Entonces encontró al amor de su vida. ¡Eso es bueno!

— No lo creas, no pude flecharla a ella. Cuando le tiré, mi flecha no le dio bien en el corazón y yo ya no tenía más flechas, así que la deje así.

—¡Qué horror! Te sigue fallando la puntería, por más que practicas. A veces pienso que lo haces a propósito. Ahora me doy cuenta de que las personas tienen razón cuando dicen que el amor es ciego. Tú pareces ciego. ¿No ves que las personas sufren si no son flechadas de a dos? A pesar de que los humanos te dibujan con vendas en los ojos tu visión es muy buena. Lo malo es que, por tus travesuras, parece que todos los supuestos enamorados van en fila, uno mirando al de adelante y éste al siguiente, y así la fila se hace interminable, no es fácil formar parejas felices. Si yo fuera humano le pedirá auxilio a mi terapeuta.

—¡No me digas! —contestó Cupido riéndose también.

—¡Es que en estos tiempos parece que te falla mucho la puntería! ¿Por qué no te bajas con dos flechas nuevas y haces el trabajo como se debe? Serás despedido del Cielo si se enteran cómo te diviertes. Dime, ¿cómo se llama la mujer de la que se enamoró Agustín?

—Se llama Natalia. Ella se había separado de su pareja, pero después de un tiempo decidió volver con ella por miedo a que la separación le trajera problemas con sus niños. Simplemente dejó a Agustín sin decirle nada y se marchó. Sin embargo, sin que yo la flechara, ella igualmente lo amó y lo amará para siempre, sabes bien que las historias que no se completan son heridas que nunca se cierran.

—¿Por qué no buscan al Ángel de Agustín, y le preguntan si sabe algo de él? No creo que haya nadie que sepa más sobre Agustín que su Ángel Aniel.

Y los Maestros mandaron al Ángel Pancho a buscar al Ángel Aniel. Este se encontraba jugando con otros Ángeles. Pancho fue saltando entre nubes, y tuvo que atravesar varios planos del Cielo hasta que pudo encontrar al Ángel travieso que le había tocado por suerte a la personita de Agustín.

—Hola Aniel, ¿cómo estás? ¿Puedes venir? Los Maestros quieren hablar contigo.

—Sí, ahora voy. Espérame a que termine este juego que acabo de empezar.

—Apúrate por favor, es urgente. Te necesitamos ya. ¿Puedes terminar el juego más tarde?

—¡Bueno, está bien! ¿Qué puede ser tan urgente? Agustín está durmiendo, y tú sabes que mientras una persona duerme su Alma se va a pasear, y hoy anda por unos lugares increíblemente hermosos.

—No te estoy recriminando que no lo cuides bien, lo que pasa es que necesitamos hablar contigo. Ven por favor a las nubes rosas que miran al Sol. Te queremos preguntar algunas cosas.

—Bien, allá voy.

Un poco de mala gana, se frotó las alas, se colocó su corona y fue volado hasta el lugar señalado.

—Aquí estoy, ¿en qué les puedo servir? —dijo Aniel.

—Es que estamos preocupados por nuestro amado Agustín. Dinos Aniel, ¿qué le está pasando?, ¿él puede hablarte?, ¿el te ve?, ¿puede escucharte? ¿Cómo va tu relación con él?

—Yo lo cuido desde que nació. Él hablaba mucho conmigo cuando era niño, luego ya no. Más o menos desde la época en que su padre vino hacia aquí, que ya no habla conmigo. ¡Ni siquiera en su mente existo! Aunque las personas no nos hablen ni nos pidan nunca nada, nosotros estamos atentos a sus vidas. Pero si él no me lo pide yo no puedo hacer nada. No estamos autorizados a hacer nada por nuestra propia cuenta,

—¿Entonces hasta tú has perdido contacto con él?

—Sí —dijo Aniel, acomodándose la hilera de luces doradas que llevaba colgada de las alas.

Los Maestros quedaron anonadados con esta noticia, no tener contacto con su Ángel es de lo peor que le puede suceder a un ser humano.

—¡Entonces es que nos ha fallado todo lo que hemos hecho por él…!. Pero, esperen, su Alma tiene mucha Luz, eso indica que es una persona muy sabia. Recuerden que su Alma ya es vieja, es un Alma que ha vivido muchas vidas. Esta es una de las últimas.

Por eso en esta vida tendría que aprender mucho más que en las anteriores.

—¿Cómo pudo pasarnos algo así? Quizás hubo alguna falla cuando lo pasamos por la Ley del Olvido —dijo un Maestro que acababa de entrar en el grupo.

Este mismo Maestro había sido el encargado de llevar a Francesco al círculo de luces del olvido.

—Aquí en el Cielo nunca debe fallar nada —dijo el Ángel Gabriel—. Sabes que aquí las fallas no pueden existir, si él parece haber olvidado es porque su mente no debe querer mostrarle lo que sabe, acuérdense que la mente siempre nos juega en contra.

—¡Si lo sabré yo! —dijo el Maestro del Miedo—. Por más que les digo que los miedos no son buenos, su mente no me hace caso, con ella es el verdadero problema.

—Querrás decir el problema de ellos.

—Lo que es problema de ellos, también es problema de nosotros. Su temor los hace inventar ofensas y generar odios. Arman guerras, matan por matar, hacen que sus hermanos vivan en la miseria y no creen en nuestra providencia, todo porque sus mentes hacen lo que quieren con ellos.

—Sin embargo, no te olvides de quién creó a las personas. El sabe lo que hace, creó el Universo y este Paraíso perfecto. Por algo les dio esa mente, será para que la investiguen y la conozcan. Si tienen miedos es para que los exploren y aprendan a dominarlos. Tendrán que trabajar en conocer su mente para entenderse a sí mismos.

—Pero Agustín no tenia marcado recorrer la vida de este modo —comentó otro Maestro.

—Parece que le dio amnesia de todo lo bueno que había aprendido —comentó el Ángel Aniel.

—Lo peor es que se ha olvidado de ser feliz. ¡Y para colmo, a Cupido le falla el tiro con su pareja!

—Siempre pasa lo mismo, estoy cansado de decirle que no juegue con eso —agregó Aniel.



Y en la Tierra…

Al otro día, Agustín se levantó fue al baño y al abrir la puerta se miró en el viejo espejo que siempre le había mostrado su rostro desde que él tenía memoria.

Y por primera vez se estaba viendo de verdad; la imagen que el espejo le devolvía era la de un hombre espléndido, libre, con un brillo en los ojos que nunca se había dado cuenta que tenía. Era como si al mirarse, a través de sus ojos pudiera entrar en su pasado, un pasado a veces un poco triste, pero también con algunas experiencias agradables que le encantaría revivir.

Luego escuchó la voz de su madre, quien lo llamaba para ofrecerle el desayuno. Ella se acercó a él mientras Agustín se dirigía a su habitación.

—Agustín, quiero pedirte un favor, ¿me puedes acompañar al hospital? Si hoy no tienes nada que hacer, a mí me gustaría que conocieras a mis amigas. ¿Recuerdas esas personas de las que te hablé, las que estaban enfermas?

A Agustín no le atrajo mucho la idea, y repuso:

—¿Y para qué quieres que conozca a esa gente? Además sabes que odio los hospitales.

—No me parece bien que estés sin hacer nada, ¿o vas a volver a las manías de tu niñez? ¿Te pondrás a jugar solo, o llamarás a tus amigos con los que jugabas rol?

—¿Por qué tienes que ser tan irónica? —dijo Agustín herido.

—Para ver si con eso entiendes, ya que no quieres hacer caso de otro modo. Antes, cuando eras niño, la ironía me servía para hacerte reaccionar, pero ahora siento miedo de no poder sacarte adelante.

—Fíjate que hoy me miré en el espejo, y parezco un hombre nuevo. Me estoy dando cuenta de que todo este tiempo no había sido feliz.

—A veces no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta, de que vivimos aceptando muy fácilmente lo que creemos que está bien, y vivimos en una hermosa indiferencia, jugando al "como si "pero luego la realidad muestra que no era tal.

—¿Qué dices, madre? ¿De qué hablas?

—Tú jugaste a vivir, a casarte "como si" tuvieras una pareja que amas o que te ama. "Como si" Dios tuviera toda la obligación de arreglarte las cosas, y tú sólo tuvieras que mirar al Cielo y esperar alguna señal, para que desde arriba te avisaran cuando actuar. Hijo querido: creo que has vivido esperando que todo milagrosamente se te dé como lo deseas.

—Yo ya no creo en los milagros.

—Yo sí, creo porque los vivo todos los días en el hospital, pero no vivo en una nube, sé que los milagros suceden, pero es uno quien, con ayuda de Dios, los produce.

—Me sorprende y me alegra que ahora tú creas, después de todo el trabajo que hiciste conmigo para que no creyera. Me regañaste tanto cuando creía en los Ángeles y en esas cosas, que me decías tú, cuando era niño y podía ver y creer en ese mundo mágico.

A su madre se le cayó la taza de té al piso. Agustín se dio cuenta de que la había golpeado muy duramente, y decidió dejar los reproches. Pero en el fondo de su corazón él estaba totalmente convencido de que había perdido la Fe por culpa de su madre.

Un Maestro del Cielo que lo venía observando hizo un comentario:

—¿Por qué será tan fácil culpar a nuestros padres de nuestros errores?

Los Maestros desconocían que en el Cielo otros Maestros habían decidido quitarle la memoria que traía de otras vidas. Aunque en ningún momento tocaron su Fe, parecía ya no tenerla. Pero sin Fe nadie podría subsistir.

Este Maestro desconocía que a Agustín le habían borrado la Ley del Olvido.

La Fe es la creencia de que se puede alcanzar la fuerza de la vida, y esa fuerza nadie la pierde del todo.

La madre de Agustín siguió habiéndole a su hijo:

—Muchas veces las personas pierden su Fe por alguna circunstancia indeseable, pero eso es totalmente normal. Sin embargo, todas las personas que en algún momento pierden su Fe luego la recuperan. Hay tres cosas que no se deben perder: el hábito de respirar, la certeza en la Fe y la Esperanza. La Esperanza es lo último que se pierde.

Agustín respondió:

—La Fe en Dios es valiosa, y también habría que tener Fe en las personas. Muchas veces el que espera tiene Fe, por eso espera. El que espera, lo hace porque sabe que algo bueno puede pasar mañana.

Su madre escuchaba atentamente, y hablando de la Fe, dijo:

—Cuando me voy a dormir siempre pienso en qué voy a hacer mañana, como si estuviera segura de que voy a seguir con vida. Cuando nos despedimos te saludo sabiendo que voy a volver a verte, no pienso en que puedo perderte. No pienso en la posibilidad de la muerte, porque creo que eso les sucede a los demás, a esa gente que no conozco. Se mueren los extraños, los míos deben esperar un poco más. Quiero que esperen hasta que les diga, cuando yo tenga ganas y tiempo, que los quiero, que me gusta verlos.

—Madre, ¿De donde obtuviste tanta sabiduría?, ¿Has tenido algún consejero que te enseñara todo esto?

—No, hijo, lamentablemente no tuve ningún Maestro de carne y hueso. Es la vida la que me enseñó, de la manera más dolorosa. El año pasado se murió mi mejor amiga, y poco antes de morir ella me llamó, y como no contesté dejó un mensaje en mi contestadora. Me dije que la llamaría la semana siguiente, cuando tuviera tiempo para hablar con ella más tranquilamente, pero ella murió al día siguiente de haberme dejado su recado. Siempre la recuerdo con cariño y con un poco culpa, con eso aprendí a no dejar a nadie para mañana, ni siquiera a mi misma.

—Mientras te escucho, me pregunto cómo pude perder tanto el contacto contigo, cómo desconocía que mi madre se había convertido en una mujer abierta y cálida.

—Creo que en estos últimos años has vivido demasiado encerrado en tu propio mundo.

—Desconozco en dónde estuve.

—Lo importante es que sepas dónde estás ahora.

—Eso es lo peor, me siento como un barco a la deriva, no sé dónde estoy, ni a dónde debo llegar. Me siento confundido en un mar de emociones y como un barco sin brújula. ¿Te acuerdas de los libros que me regaló papá? Anoche los miré y sentí que se había perdido la magia de mi vida. Ya no hablo con Ángeles ni creo en milagros, creo que últimamente he vivido a ciegas, como dormido.

— Eso no es malo, si tratas de corregir el error acudiendo a hacer memoria. Eso es muy bueno. Sabes que la sabiduría es hacer memoria de errores y aciertos.

De repente Mónica miró su reloj y exclamó:

—¡Se me hizo tarde para ir al hospital! Y ahora el error es seguir hablando aquí contigo. ¿Me acompañas? Quiero que conozcas a las personas que estoy asistiendo.

—Voy por mi abrigo y las llaves del auto, estaré contigo toda la tarde. —Y Agustín manejó lentamente el camino que conducía hacia el centro del pueblo.

Dejó su ventanilla abierta para que entrara el aire. Respiraba profundo disfrutando el aroma de los eucaliptos que adornaban las puertas de las casas.

La primavera apenas iniciaba, y el sol le pegaba en la cara. Hacía mucho tiempo que no tomaba conciencia del placer de mirar el Cielo azul y observar su pueblo.

—¡Mira madre, la plaza tiene juegos nuevos!

—Serán nuevos para ti, los niños hace más de un año que los están usando.

—¿Hace más de un año que no he pasado por este lugar? ¿Hace más de un año que no venía a visitarte? ¡Qué horror! ¡Suerte que no te perdí! Lo mejor es que aunque ahora yo me sienta perdido, ya me estoy encontrando, y al encontrarme te veo, te siento y abro mi corazón para volver a sentirme ese niño que sabe que has sido y serás una parte importante de mi vida.

Agustín no dejaba de hablar, parecía qué había estado callado por años.

Su madre lo escuchaba atentamente y se preguntaba qué había hecho con él cuando era niño, qué errores había cometido en su educación que lo habían llevado a esa vida de inconsciencia de la que hasta ahora parecía estar despertando.

En el fondo de su corazón se hacia la fuerte con él, pero estaba desesperada, no sabía qué hacer para ayudarlo a recuperar tanto tiempo perdido. En un momento fingió sentir una alergia, para cubrir su cara con un pañuelo y soltar algunas lágrimas que le había producido ese sentimiento hacia su hijo.

Agustín no pareció darse cuenta, estacionó en dos movimientos el auto y al bajar, se empezó a arrepentir de haber acompañado a su madre. Fue con ella hasta el segundo piso, recorriendo los fríos y despintados pasillos.

Miró de reojo a las personas que se encontraban sentadas en los bancos al lado de las habitaciones, esperando quién sabe qué diagnósticos.

Ni siquiera se atrevió a mirar dentro de las habitaciones, que se encontraban casi todas con las puertas entreabiertas.

El olor a hospital le había quedado como un mal recuerdo del lugar donde su padre había pasado sus últimos días. Ahora se veía obligado a respirarlo para cumplir el deseo de su madre.

Ella entró con orgullo a la sala en la que se reunía el grupo de pacientes con el que trabajaba. El la siguió, y ella lo presentó ante su gente tan querida.

Los recibieron con alegría y mantuvieron una charla ágil, llena de interrogatorios. Agustín sintió vergüenza cuando contó que se estaba divorciando, pero una de las señoras se rió y le dijo:

—¡No te aflijas, esos no son verdaderos problemas, son circunstancias de la vida! ¡Parece que los jóvenes quieren una vida sin sorpresas, cualquier incertidumbre los asusta! No hay nadie en este mundo que no tenga problemas. ¿Sabes el cuento del grano de mostaza? Te lo contaré.

—A ver, te escucho.

—Había una vez un hombre que se quejaba porque decía que él tenía mala suerte, a diferencia de las demás personas.

Se quejaba de tener demasiados problemas, y entonces fue a consultar a un sabio. Le pidió que le diera una solución para ya no tener problemas. El sabio, que era muy sabio, le dijo que fuera al pueblo y preguntara casa por casa si había alguien que no tuviera problemas, y que además tuviera un grano de mostaza para darle. Le dijo que el grano de mostaza de la persona sin problemas resolvería los de él.

El hombre se fue muy entusiasmado, en busca de la persona sin problemas que tuviera un grano de mostaza que darle. Golpeó una puerta y otra preguntando, pero en todas las casas lo que hacían era contarle los problemas que tenían.

Así acabó por comprender que su situación no era en nada diferente de la del resto de las personas, y hasta empezó a interesase por ayudar a resolver los problemas que escuchaba de los demás. Eso fue lo que efectivamente le ayudó a poner sus propios problemas en perspectiva, y a darse cuenta de que eran mucho menores de lo que pensaba.

El sabio ni siquiera lo esperó, porque sabía que nunca encontraría una persona sin problemas.

Agustín se rió como nunca con las anécdotas y cuentos de todo el grupo. Cuando su madre le dijo que ya era hora de regresar, él pareció no tener prisa. Tuvo que decirle tres veces la misma frase:

—Hijo, ¿no crees que ya es hora de irnos a casa?

Una de las personas que estaban en el grupo de autoayuda le dijo a Agustín que iba a rezar por él, lo cual Agustín agradeció tomándole la mano, y mirándolo a los ojos le besó la frente.

Cuando se estaban alejando, ella todavía le dijo:

—Agustín no te olvides que la vida es un manojo de antojos, algunos sin verdadero valor, y otros por los que vale la pena pelear

Y él siguió sonriendo y muy emocionado partió, llevando a su madre a la casa.

Y los días pasaban…

Algunas veces acompañaba al hospital a su madre, pero él solamente llegaba hasta la puerta. Después de todo era el espacio de ella.

Tampoco su madre se lo pedía, ése era un lugar demasiado íntimo para que él se lo invadiera.

Su madre, había acabado por admitir que ése no era su espacio.

Pero entonces, ¿cuál era su espacio?


Extracto de "Francesco decide volver a nacer de Yohana Garcia"

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