Los espíritus de las siete luces. Los colores. Los planetas.

Omraam M. Aivanhov


Está escrito en el Libro del Zohar: « Siete luces hay en el Altísimo, y allí habita el Anciano de los Ancianos, el Misterioso de los Misteriosos, el Escondido de los Escondidos: Aïn Soph».

Estas siete luces, son las luces roja, naranja, amarilla, verde, azul, índigo y violeta. Son los siete Espíritus que están ante el Trono de Dios. Los colores que produce la luz descompuesta por el prisma tienen, pues, un valor simbólico.

Cuando se mira la luz del sol a través de un prisma, se descubre una riqueza y un esplendor inauditos. ¿Qué ocurre para que la luz que es una, atraviese el prisma, que es 3, y se conviertan en 7? Sí, 1, 3 y 7... Este fenómeno me preocupó enormemente en mi juventud y disfruté mucho viendo que la luz del sol contenía tanta riqueza, belleza y pureza. Es ahí donde vi que el ser humano, como el prisma, es una trinidad. Para que la luz del sol pueda descomponerse perfectamente en siete colores, hace falta que los tres lados de la sección del prisma sean transparentes y también iguales. De la misma forma, es preciso que el ser humano haya desarrollado armoniosamente el triángulo que forman su intelecto, su corazón y su voluntad, para que la luz que viene de Dios, la luz del sol, pueda pasar a través de él y manifestarse con el esplendor de los siete colores.

Sólo los discípulos y los Iniciados que han trabajado para desarrollar su inteligencia, que han ejercitado su corazón para sentir y amar correctamente, y que se han hecho fuertes porque han luchado y han tenido la voluntad de vencer lo que es negativo, llegan a descomponer la luz en siete colores, y su aura aumenta en grandeza, en belleza y en pureza. Los que no han desarrollado correctamente este triángulo del intelecto, del corazón y de la voluntad, sólo tienen en su aura dos o tres colores; los otros están ausentes. Y si, por desgracia, deforman el triángulo y su intelecto se vuelve maligno, astuto o agresivo, su corazón se llena de odio, de maldad, de crueldad, de deseo de venganza y de sensualidad, y su voluntad se pone al servicio de la destrucción y de la demolición, entonces no solamente el aura no tiene colores tornasolados y vivos, sino que está cargada de horrores y de monstruosidades.

En la Ciencia iniciática se llama a la luz roja el Espíritu de la Vida. Por las vibraciones que produce, el color rojo une a los humanos al Espíritu de la Vida; gracias a él se animan, su vitalidad aumenta. Pero el rojo tiene millares de matices: el amor, la sensualidad, el dinamismo, la embriaguez, la cólera, etc...

La luz naranja es el Espíritu de la Santidad, eL segundo Espíritu. A través del color naranja nos unimos a la santidad. Pero este color tiene también muchos matices: el individualismo, la arrogancia, e incluso el orgullo; otro matiz mejora la salud, otro aporta la fe y la reafirma. Pero ante todo el naranja es el color de la santidad y de la salud.

La luz amarilla oro es el Espíritu de la Sabiduría. Con sus vibraciones empuja a las criaturas a leer, a reflexionar, a meditar, a buscar la sabiduría y a mostrarse razonables y prudentes.

La luz verde es el Espíritu de la Eternidad y de la Evolución. El verde es el color del crecimiento y del desarrollo, pero también de la riqueza. Está unido a la esperanza y le da al hombre la posibilidad de evolucionar.

La luz azul es el Espíritu de la Verdad. Está unida a la religión, a la paz y a la música. El azul desarrolla el sentido musical, calma el sistema nervioso, cura los pulmones y también actúa favorablemente sobre los ojos, que son el símbolo de la verdad.

La luz índigo es el Espíritu de la Fuerza, el Espíritu de la Realeza. Tiene casi las mismas propiedades que el azul.

La luz violeta es el Espíritu del Poder divino y del amor espiritual, es el Espíritu de Sacrificio.

El violeta es un color muy poderoso que protege al hombre. Es también un color muy místico, muy sutil que le ayuda a desdoblarse para visitar los otros mundos y le permite comprender el amor de Dios. No es en absoluto favorable para la vegetación.

Cuando tenía quince o dieciséis años, trabajaba con los colores y no solamente los imaginaba y meditaba sobre ellos, sino que pintaba los cristales de la ventana de mi habitación para estudiar sus efectos. Empecé por el rojo, después el naranja, etc. Meditaba en esa habitación bañada por la luz coloreada que atravesaba los cristales, y durante algunos días observaba la forma en que ese color actuaba sobre mí, después lo lavaba todo y pintaba otro color. En lo que respecta a mis padres y a mis vecinos ¡inútil deciros por quién me tomaban! Pensaban que me había vuelto loco, pero yo continuaba imperturbable estudiando los colores. Con el violeta me iba al otro mundo.

Invitaba a mis amigos para que comprobaran el efecto que este color producía en ellos: ¡se adormecían, y las flores se marchitaban!... El violeta es un color que amo mucho.

Cuando el rojo del aura no es ni puro ni limpio, se debe a que el hombre se deja llevar por la cólera, la embriaguez o la sensualidad; para cada uno de estos vicios el matiz del rojo es diferente y los clarividentes pueden verlos. Por otra parte el rojo ha estado siempre unido a la sangre y a la guerra. Es un bello color pero su matiz tiene que ser tan puro que, mezclado con el blanco, dé un rosa luminoso.

El rosa expresa también un matiz del amor: el blanco aporta al rojo la pureza y la armonía, algo que es calmo, sin violencia ni egoísmo; de esta forma el amor se asienta, se convierte en ternura. Por eso el rosa es un símbolo de ternura y de delicadeza. Aconsejo al que tiene demasiada vitalidad y sensualidad unirse al color blanco o encontrar seres que tengan mucho blanco, es decir que sean puros y honestos; al menos habrá una mezcla y el rojo se volverá rosa.

De esta forma ya no se verá importunado y atormentado por la fuerza del rojo que está en él. El rosa también actúa benéficamente sobre la inteligencia. Se dice: «Ver la vida de color de rosa», es decir ser optimista. El que ve la vida de color de rosa no tiene el espíritu trabado con preocupaciones o pensamientos sombríos y tristes, ve la existencia desde un punto de vista agradable y dichoso.

Se puede decir lo mismo de los otros colores. Hay algunos azules que revelan al hombre que ha perdido la fe, o que ya no se encuentra en la verdad ni está en paz. Si el amarillo es impuro o apagado, muestra que no es razonable ni capaz de profundizar ni comprender; no se puede tener confianza en sus facultades intelectuales. Pero no puedo hoy detenerme en este tema, pues tengo otras cosas que deciros. Recordad solamente que los siete Espíritus que están ante el Eterno son el Espíritu de la Vida, el rojo; El Espíritu de la Santidad, el naranja; el Espíritu de la Sabiduría, el amarillo; el Espíritu de la Eternidad, el verde; el Espíritu de la Verdad, el azul; el Espíritu de la Fuerza, el índigo y el Espíritu de Sacrificio, el violeta.

Si queréis producir un color, podéis obtenerlo siempre a partir de otros dos: el violeta y el naranja dan el rojo; el rojo y el amarillo dan el naranja; el naranja y el verde dan el amarillo, etc...

Cada color es el hijo de otros dos que son como su padre y su madre; pero si no sabéis cuáles mezclar, no obtendréis un buen resultado. ¿Por qué? Porque entre los colores hay tantas oposiciones como afinidades, y estas oposiciones y afinidades las encontramos también entre los planetas que corresponden a estos colores.

El color rojo corresponde a Marte. Marte es fogoso, violento, destructivo; es el principio masculino por excelencia, pero en un terreno determinado, porque el Sol (aunque el Sol no es un planeta) y Júpiter, tienen también un carácter masculino, pero en un terreno diferente. El color verde corresponde a Venus. Las personas en las que predomina el rojo, se sienten atraídas por aquellas en las que predomina el verde, pues se dan valor mutuamente, lo cual es maravilloso; pero si se unen y se fusionan, darán nacimiento a un monstruo. Que paseen juntas, que se hablen, que se miren, que se exalten, pero que no se fusionen, pues el verde y el rojo mezclados producen un color sucio. Lo mismo ocurre con el naranja y el azul: su mezcla es espantosa, pero situados uno al lado del otro son más expresivos, se exaltan. Al color azul le corresponde el planeta Júpiter y al naranja el Sol; estos planetas son positivos; por ello no deben casarse.

Consideremos ahora el amarillo y el violeta, que tampoco se deben mezclar. El amarillo corresponde a Mercurio y según la Cábala, el violeta corresponde a la Luna, aunque muy a menudo se le atribuye a la Luna el color blanco. Si se le deja a la Luna el color blanco, el color violeta se le dará a Neptuno, pues Neptuno es idéntico a la Luna, pero en una escala superior. De la misma forma, también en una escala superior, Urano es idéntico a Mercurio.

Comprenderéis mejor su relación si los situáis en el Arbol sefirótico.

Mercurio (Hod) está opuesto a Urano (Hochmah) y en otro eje, Venus (Netzah) está opuesto a Saturno (Binah). En el pilar central, la Luna (Iesod) está opuesta a Neptuno (Kether). En el plano horizontal Marte (Gueburah), en el pilar del rigor, se opone a Júpiter (Hesed), en el pilar de la misericordia. Os explicaré un día todas esas relaciones y veréis como Venus y Saturno representan casi la misma realidad manifestada en regiones diferentes. Esto contradice quizá todo lo que habéis aprendido hasta el momento, pero veréis, por ejemplo, como en la línea del amor, el amor de Venus se convierte en la inteligencia de Saturno, y como en la otra línea, la inteligencia concreta de Mercurio, el razonamiento, la palabra y los negocios, se convierten en la elevada sabiduría de Urano.

Sobre estas correspondencias no se encuentran muchas explicaciones en los libros, pero gracias al Cielo muchas de ellas me han sido reveladas. Los sefirots no han sido colocados al azar; existe entre ellos relaciones geométricas que son significativas... Pero para vosotros todo eso está lejano, y ni siquiera es necesario por el momento que abordéis cuestiones filosóficas y abstractas: hoy, quedaos con estas pocas palabras sobre los colores para poder trabajar eficazmente en vuestra evolución. Trabajad cambiando cada día de color. Podéis comenzar por el rojo, que es el más cercano a la tierra, y seguir con el naranja, el amarillo, el verde... O al contrario comenzar por el violeta. Así descendéis o subís, como queráis.

El color rojo es el más cercano a la tierra, y por esta razón el suelo de nuestro comedor y la mayor parte de nuestros edificios están pintados de rojo, mientras que la parte superior está pintada de azul. El cielo es azul y la tierra es roja. En hebreo al primer hombre se le llama Adán, el lugar donde vivía Edén, la tierra Adarnah y al color rojo Adorn. El color rojo, la tierra, el hombre y el Edén son pues en hebreo palabras formadas de una misma raíz. Por eso en la Cábala se llama a Adán «el hombre rojo». Pero el viejo Adán debe morir y ceder el sitio al hombre nuevo, al Cristo, simbolizado por el color azul.

Transformar el rojo en azul era el trabajo de los alquimistas. Esto significa que todo lo que es grosero, violento y animal en el hombre, debe ser transformado y sublimado. El rojo y el azul son los dos polos opuestos y si queréis pasar del uno al otro, preguntad a los alquimistas y os responderán que hay que saber trabajar con el ácido y la base. Si sabéis trabajar con estos dos principios, masculino y femenino, podéis cambiar los colores, es decir hacer virar el azul al rojo, o el rojo al azul, poniendo algunas gotas de ácido o de base... La química aclara pues los preceptos de la religión, pero los religiosos no lo saben. Y los químicos tampoco; para ellos estos son fenómenos puramente materiales que no intentan interpretar. La ciencia se limita a constatar los hechos, no busca ni su razón de ser ni su significado. Pero a mí, ¡me gusta interpretároslo!...

Así pues el Adán rojo debe ceder el lugar a Cristo. Esta transformación es posible; es el fin de la religión. El viejo hombre Adán sometido a las pasiones (el rojo), debe ceder el sitio a Cristo, al hombre nuevo (el azul), que vive en la verdad, la paz y la armonía. ¡Dichosos los que comprenden! ¡Dichosos los que siguen la luz!

Terminaré citando esas palabras del Zohar que tanto amo. A menudo las pronuncio interiormente: «Siete luces hay en el Altísimo y allí habita el Anciano de los Ancianos, el Misterioso de los Misteriosos, el Escondido de los Escondidos: Aïn Soph»... ¡Es magnífico!

Vosotros también podéis repetiros estas palabras, ¡y que se haga la luz! Que todos trabajen ahora sobre la luz, con la luz y para la luz.



Extracto de: Hacia Una Civilizacion Solar
OMRAAM MIKHAEL AIVANHOV

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