Realizando el milagro.

Varios/Otros


Mientras estaba en el hospital, aún antes de que alguien le informara a mi hermano que yo estaba en coma y en mis últimos momentos de vida, él sintió que algo estaba mal. Anoop estaba viviendo en Pune, India, y algo lo llevó a contactar a un agente de viajes para hacer una reservación en un vuelo a Hong Kong. Cuando llamó, pidió un tiquete para ese mismo día, en la tarde, porque sintió la urgencia de viajar. El agente le dijo que los vuelos estaban llenos pero que había uno desde Mumbai. Anoop lo aceptó, alquiló un carro y manejó cuatro horas para tomar ese vuelo a Hong Kong.

Cuando Danny llamó a mi hermano a su casa en Pune para informarle de mi condición y decirle que viniera tan pronto como le fuera posible, mi cuñada, Mona, le contestó que Anoop ya estaba en camino.

Cuando Mona, quien es budista, se dio cuenta de cuán extrema era mi situación, organizó rápidamente a un grupo de su religión, para que cantara por mi salud.

Mientras tanto, aquí en Hong Kong, mi madre caminaba de arriba a abajo por el corredor del hospital, orándole a Shiva por mi vida. Se sentía desolada sin saber qué más podría hacer y decidió ir al templo hindú, el mismo adónde mis padres me habían llevado de niña. Subió la escalera de la entrada pasando por el patio y entró al salón principal de oración donde se encontraban, en sus pedestales, las estatuas de las deidades Krishna, Shiva y Ganesha, pintadas y adornadas con colores brillantes. Mi mamá cubrió su cabeza y se sentó ante ellos, hablándoles y consolándose ante su presencia.

En esos momentos una amiga de la familia muy cercana, llamada Linda, quien es una católica devota, organizó un grupo de oración en su iglesia. Le contó al sacerdote sobre mi situación y ellos oraron, en mi nombre.

Mientras yo yacía en coma en el hospital, con tubos saliendo por mi nariz, boca y brazos, mi esposo permanecía a mi lado, susurrándome al oído para que yo supiera que él estaba ahí y pidiéndome que regresara.

“Todavía tenemos mucho que hacer juntos, mi amor”, yo podía oír sus susurros. “Por favor, por favor, regresa. Yo te esperaré aquí mismo aunque me tome toda la vida.”

Él permanecía despierto toda la noche, mirando todos los aparatos medidores sobre mi cama y esperando. Quería estar allí para pedirme que regresara en caso de que yo diera mi último suspiro.

“Querido Danny, espero que siempre sepas cuánto te amo”, quería comunicarle. “Por favor no te preocupes por mí. Yo estoy bien. Desearía poder compartir contigo lo que ahora sé. Este cuerpo al que le sostienes la mano, no es mi verdadero yo. Siempre estaremos juntos, conectados a través del tiempo y el espacio. Nada puede separarnos. Aún si muero físicamente, nunca estaremos separados. Todo es perfecto, tal y cómo es. Ahora sé eso y quiero que tú lo sepas también”.

Luego, cerca de las 4 a.m., mi cuerpo de repente comenzó a atragantarse como si no pudiera recibir aire. Danny entró en pánico, pensó que mi último momento había llegado y oprimió la alarma de emergencia. Las enfermeras corrieron, se dieron cuenta de la situación y una de ellas llamó al doctor. Luego voltearon mi cuerpo y empezaron a golpear mi espalda.

El doctor llegó en 20 minutos y le dijo a Danny que mis pulmones estaban llenos de líquido y que me estaba ahogando con mis propios fluidos. El doctor ordenó a las enfermeras que trajeran un botiquín para tratamiento pleural. Después de haber traído lo que parecía una bolsa transparente con una aguja larga, él insertó la aguja por mi espalda, adentro del pulmón, para sacar el líquido que salía hacia la bolsa transparente. Él repitió este procedimiento tres o cuatro veces, hasta que había lo que parecía casi un litro de líquido en la bolsa y luego sacó la aguja. Todavía podía ver mi cuerpo que respiraba mejor ahora.

Mi esposo continuó al pie de mi cama durante toda la mañana y hasta bien entrado el día, mirando las máquinas y sosteniendo mi mano.

Mi hermano llegó a Hong Kong en la tarde y llamó a Danny desde el aeropuerto. Danny le dijo: “Ni siquiera vayas a casa a dejar tus maletas, vente directo al hospital, en un taxi. No sabemos cuánto tiempo tenemos”. Anoop llegó directamente al hospital con sus maletas.

Mis ojos empezaron a parpadear y a abrirse, hacia las 4 p.m. y mi visión era bastante borrosa.

Casi no reconocía la silueta de la persona parada junto a mí; era Danny. Luego oí su voz: “Ella volvió.”

Se oía tan feliz. Fue en la tarde del 3 de febrero, casi 30 horas después que caí en coma.

Luego oí la voz de mi hermano y sentí que trataba de sonreír. “Hola, hermana. Bienvenida de regreso”, dijo Anoop con felicidad.

“Lo lograste”, exclamé. “Sabía que ibas a venir. Te vi viajando en el avión.”

Él me miró un poco extrañado, pero dejó pasar mi comentario. Mi familia estaba tan feliz de ver que estaba mejorando. Mi madre estaba ahí también, sonriendo mientras sostenía mi mano. Yo estaba confundida porque no entendía que hubiera estado en coma y todavía no podía comprender lo que había pasado, ni entender que ya no estaba más en el otro reino.

Mi visión se aclaraba lentamente y podía reconocer mejor a mi familia. Pude ver la maleta de mi hermano detrás de él, contra la pared.

El doctor entró y parecía sorprendido y, a la vez, complacido de verme despierta. “¡Bienvenida de vuelta; todos estábamos tan preocupados por usted!”.

“Buenas tardes. Me alegro de verlo de nuevo, Dr. Chan” respondí bastante mareada.

“¿Cómo me reconoce?”, me preguntó con gran sorpresa.

“Porque yo lo vi” le contesté. “¿No es usted quien me sacó el líquido de mis pulmones a media noche porque yo tenía dificultad para respirar?”

Él estaba visiblemente asombrado y me dijo: “Si, pero usted estaba en coma, todo el tiempo. ¡Sus ojos estaban cerrados!”. Trataba de negarlo y continuó: “¡Esta es realmente una gran sorpresa! Yo no esperaba verla despierta, pero venía a darle buenas noticias a su familia: los resultados de los exámenes del funcionamiento de su hígado y riñón acabaron de llegar e indican que están empezando a funcionar de nuevo”. Parecía muy complacido.

“Pero yo sabía que estaban empezando a funcionar”, dije medio confusa.

“Usted no podía saberlo”, me aseguró el Dr. Chan pacientemente. “Esto era totalmente inesperado. Ahora descanse.”, me pidió el doctor, mientras salía del cuarto.

Mi familia se veía radiante y tan alegre como hacía mucho tiempo no los veía. Ellos le agradecieron muchísimo al doctor por las buenas noticias antes de que saliera del cuarto.

Después de que el doctor se fuera, le pregunté a mi esposo: “¿Por qué estaba tan sorprendido de que yo lo reconociera? Yo vi que él me estaba tratando. ¿No era él el doctor que les dijo a ustedes que mis órganos habían dejado de funcionar, que yo no lo lograría y que sólo tenía unas pocas horas de vida?”.

“¿Cómo oíste eso?”, Danny preguntó. “Él no dijo eso en este cuarto. Esa conversación la sostuvimos en el corredor, ¡a unos 18 metros de aquí!”

“Yo no sé como lo oí y no entiendo cómo sucedió pero ya sabía el resultado de los exámenes sobre el funcionamiento de mis órganos, aún antes de que el doctor entrara”, le dije.

Aunque aún estaba bastante mareada, se empezó a notar que algo me había sucedido.

Durante los siguientes días, lentamente empecé a contarle a mi familia lo que había pasado en el otro reino y también describí muchas cosas que habían ocurrido mientras yacía en coma. Yo era capaz de relatarle a mi asombrada familia, casi palabra por palabra, algunas de las conversaciones que habían tenido lugar a mi alrededor y también fuera de mi cuarto, en el corredor y en las salas de espera del hospital. Pude describirles algunos de los procedimientos médicos que recibí e identifiqué a los doctores y enfermeras que los llevaron a cabo, para sorpresa de todos los presentes.

Les relaté al oncólogo y a mi familia el evento cuando tuve dificultad para respirar y había empezado a atragantarme con mis fluidos, a media noche, y cómo mi esposo operó la alarma de emergencia. Les conté que las enfermeras llegaron, llamaron urgentemente al doctor, quien llegó corriendo mientras todos pensaban que estaba dando mi último suspiro. Describí cada detalle de este incidente, inclusive la hora en que había sucedido, para sorpresa de todos.

También identifiqué a la persona que había entrado en pánico cuando fui admitida en el hospital:

“Este es el enfermero que dijo que mis venas se habían retraído totalmente. Él continuaba diciendo que mis extremidades estaban tan descarnadas y que yo no era más que huesos, así que iba a ser imposible encontrar una vena para iniciar el procedimiento intravenoso –de hecho, ¡su tono era como si ya no valiera la pena intentar buscar mis venas!”

Mi hermano estaba molesto con esta información y más tarde admitió que le había dado una reprimenda, diciéndole: “Mi hermana oyó cada palabra que usted dijo cuando no le podía encontrar las venas. Ella pudo darse cuenta que usted se había rendido”.

“¡No tenía idea de que ella pudiera oírme! ¡Ella estaba en coma!”, el enfermero estaba tan sorprendido y sacudido; posteriormente se disculpó conmigo por su insensibilidad.

Dos días después de salir del coma, los doctores me informaron que debido a que mis órganos milagrosamente empezaron a funcionar nuevamente, la hinchazón causada por el aumento de los tóxicos había disminuido considerablemente. Yo estaba extremadamente positiva y optimista y les pedí a los doctores que me quitaran el tubo de la comida porque ya estaba lista para comer por mí propia cuenta. Una de mis oncólogos protestó, agregando que yo estaba tan desnutrida porque mi cuerpo no estaba absorbiendo los nutrientes. Insistí que yo sabía que estaba lista para recibir comida –después de todo, mis órganos estaban funcionando normalmente, otra vez. Ella accedió poco convencida y agregó que si yo no comía apropiadamente, me lo volverían a poner.

El tubo para la comida era posiblemente el más incómodo de todos los que tenía conectados a mi cuerpo. Estaba insertado a través de la nariz y pasaba por la parte de atrás de la tráquea hasta el estómago. Me alimentaban con proteína líquida directamente a mi sistema digestivo. Pero la presencia de este tubo hacía que mi garganta se resecara y que el interior de mi nariz me rascara lo cual era muy incómodo. Estaba impaciente para que me lo quitaran.

Después de que me sacaron el tubo, el doctor sugirió que la mejor comida sólida para mí en ese momento era el helado. No sólo me calmaría las abrasiones de la garganta, sino que me sería fácil digerirlo, sin el esfuerzo que requería masticar. Mis ojos se iluminaron con la sugerencia y Danny se dispuso a comprarme una caja de mi helado de chocolate favorito.

Cuando el otro oncólogo realizó el chequeo de rutina, no pudo ocultar su sorpresa: “¡Sus tumores se han encogido visible y considerablemente en sólo estos tres días!”, exclamó con incredulidad.

“Y la hinchazón de todas sus glándulas ha reducido su tamaño a la mitad de su estado anterior”.

Al día siguiente, para mi dicha, el tubo del oxígeno también fue removido. Los doctores me hicieron exámenes y notaron que estaba respirando sin ninguna ayuda, así que lo quitaron. Ya me podía sentar en la cama, aunque mi cabeza era sostenida con almohadas porque estaba tan débil que no la podía mantener erguida. Me estaba sintiendo muy bien. Quería hablar con mi familia, y me sentía especialmente feliz de ver a Anoop y ponernos al día, con nuestras vidas.

A este punto, yo quería escuchar mi Ipod y le pedí a Danny que me lo trajera al hospital. Debido a todos los tubos y sondas que todavía tenía insertados, además de la herida por la lesión de la piel en el cuello, no podía usar los audífonos. Danny lo conectó a un par de parlantes pequeños junto a mi cama para que yo pudiera escuchar mi música.

Debido a mi estado de euforia, continuamente quería oír música bien movida aunque no tenía fuerza en mis músculos como para bajarme de la cama y, mucho menos, para bailar. Pero en mi cabeza, yo estaba bailando y la música contribuía en gran parte a mi estado de felicidad. En esos momentos, no entendía completamente por qué estaba tan positiva –sólo presentía que sabía algo.

Era como un niño, quería mi música, comer helado y hablar con los miembros de mi familia; reía y me sentía dichosa. No podía saltar de mi cama ni moverme pero todo parecía tan perfecto como jamás lo había experimentado.

Como todavía permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos, los doctores decidieron que yo estaba molestando a los otros pacientes que estaban gravemente enfermos. Sus familiares habían empezado a quejarse de la música, la risa y la charla que provenían de mi cubículo.

“¡Yo no sé qué pensar de usted!”, dijo el Dr. Chan cuando vino a verme durante su ronda matutina. “Ni siquiera sé que escribir en su archivo. Su caso es, de verdad, ¡sorprendente!”

Así que al quinto día de estar en el hospital, fui transferida a un cuarto normal donde podía oír mi música y reír todo lo que quería.

Despacio, en realidad muy despacio, empecé a entender lo que me había sucedido. A medida que mi mente se aclaraba y empezaba a recordar los detalles de lo ocurrido, me daban ganas de llorar por cualquier cosa. Había un matiz de tristeza por haber dejado atrás la belleza sorprendente del otro reino. Al mismo tiempo, estaba feliz y agradecida por haber regresado y reconectado con mi familia. Mis lágrimas eran simultáneamente de añoranza y de felicidad.

Aún más, sentía una conexión con todos de una forma que nunca antes había experimentado –no solamente con todos los miembros de mi familia, sino con cada enfermero, doctor y practicante que entraba a mi cuarto. Sentía un amor que me salía a chorros por cada persona que venía a hacer algo por mí o a cuidarme de cualquier forma. Esta no era una forma de afecto familiar en mí. Sentía como si estuviera conectada a ellos, a un nivel profundo, y como si conociera todo lo que ellos estaban sintiendo y pensando, casi como si compartiéramos la misma mente.

Mi cama estaba cerca a la ventana y una de las enfermeras me preguntó si me gustaría sentarme y mirar hacia afuera. Me di cuenta que no había visto el mundo exterior por algún tiempo, así que con gran entusiasmo dije: “¡Por supuesto que sí!”

La enfermera me levantó y tan pronto miré por la ventana, mis ojos se llenaron de lágrimas. No podía parar de llorar. Hasta ese momento no me había dado cuenta que el hospital estaba situado a unas pocas cuadras de la casa donde pasé mi niñez en el Valle Feliz.

Tal como mencioné antes, este no era el sitio adónde había ido para recibir los tratamientos y las transfusiones de sangre durante los últimos años. Era más bien una clínica grande comparada con los hospitales a gran escala. El día que caí en coma fue cuando entré por primera vez en este hospital.

Ahí estaba yo mirando casi que la misma vista que tenía cuando era niña. Podía ver las pistas para carreras de caballos frente al hospital –y la línea del tranvía que tomaba con Ah Fong! Veía con ojos llorosos las escenas de mi niñez y sentía como si hubiera cerrado el círculo completo.

“Ah, Dios mío, no lo puedo creer”, pensaba maravillada. “Miren los tranvías, el parque, los edificios de mi niñez. ¡Qué mensaje –me están dando otra oportunidad! ¡Puedo empezar de nuevo!”.

Aunque la vista me era familiar, era algo común, de alguna forma el mundo parecía completamente nuevo. Todo se veía tan fresco y hermoso, como si lo estuviera viendo por primera vez. Los colores eran más brillantes de los que yo conocía y notaba cada detalle como si fuera la primera vez. Miré los edificios alrededor: en uno de ellos fue donde yo crecí; el parque que quedaba frente a la calle donde yo iba cuando era niña; los tranvías rodando, los carros pasando, los peatones caminando con sus perros o muy ocupados con sus diligencias. Vi cada cosa con nuevos ojos, como si fuera una niña de nuevo. La vista no podía ser más común y corriente, sin embargo, era la mejor que había visto en mucho tiempo…quizás, por siempre.



CAPÍTULO 9 - REALIZANDO EL MILAGRO
Extracto del Libro: “MUERO POR SER YO” de ANITA MOORJANI (Mar/2012)
Traducción libre y gratuita al español de mi esposa y revisión mía (Sep/2012)

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